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La “zona de confort”

El concepto “zona de confort” es muy utilizado en coaching, e induce a error la primera vez que lo escuchas. Parece que sea el término que define una situación en la que nos encontramos bien, cuando no tiene porqué y, de hecho, muchas veces nos encontramos realmente mal y necesitamos salir de ella para encontrarnos mejor.

En realidad, la zona de confort es un estado al que nos hemos acostumbrado, donde nos hemos creado unos hábitos que marcan nuestro comportamiento y nos hemos autoimpuesto unos límites y unos pensamientos, sin plantearnos (o sin atrevernos) cambiar. En este estado podemos estar bien o ser infelices, pero en todo caso nos marca las decisiones que tomamos, ya que éstas se hallan dentro de los límites para que nuestro estado no cambie. Como consecuencia no arriesgamos, no hacemos nada diferente, y en caso de que seamos infelices, nos impide salir de la trayectoria que nos hace infelices.

Para que una terapia funcione (y en el coaching es vital) debemos estar dispuestos a hacer cambios, a arriesgar, y para eso necesariamente hay que salir de la zona de confort. Hay que trasladar lo que nos dice el terapeuta a nuestra vida cotidiana, y precisamente nos resulta difícil porque somos “animales de costumbres” y nos cuesta romper con los hábitos. Pero de nada sirve hacer terapia si luego nos aferramos a la situación que teníamos de inicio.

Resiliencia

La RAE define la resiliencia como la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. Tan simple como eso, y tan difícil de conseguir en la realidad.

La resiliencia es uno de los pilares de la psicología positiva. Situaciones difíciles y/o estresantes se nos presentan a todos, pero la diferencia entre los que salen airosos y los que acaban teniendo algún tipo de trastorno se explica básicamente por la resiliencia de cada uno. No sólo eso, sino que a veces las personas que reciben más palos de la vida son mucho más fuertes e incluso optimistas que las que han tenido vidas más sencillas. Muchas veces podemos oír a nuestros mayores (que han pasado por guerras, épocas de hambre, pérdidas de hijos y otros familiares por enfermedades que ahora están casi erradicadas…) criticar a las generaciones siguientes con los típicos “en mis tiempos nadie estaba estresado” o “nosotros no teníamos que ir al psicólogo”. ¿Es eso cierto?

En parte, sí. La capacidad de resiliencia está relacionada con diferentes factores, como pueden ser aceptar con más facilidad los cambios, la sensación de control ante las situaciones, aceptar las situaciones negativas o estresantes como una parte más de la vida, tener mayor capacidad de compromiso, hablar con los demás sobre la situación, ser capaces de perdonar a los demás y a uno mismo… La religión o el estilo de vida de hace unas décadas parecen contribuir a reforzar algunos de estos factores.

Ahora nos encontramos con una sociedad más laica, más individualista y más “sobreprotegida” (en el sentido de que tenemos unos avances médicos enormes o unos derechos garantizados por ley). Así que, cuando las cosas se tuercen, nos cuesta mucho más aceptar que eso que pasa nos esté pasando a nosotros. En definitiva, si queremos aumentar nuestra capacidad de resiliencia, tenemos que tomar la actitud de enfrentar las cosas como una oportunidad para aprender y para crecer.

Hay que perder el miedo a actuar, y aceptar nuestros errores como lo que son, una oportunidad de corregir y mejorar. Y ante las adversidades, tener presente que la vida está hecha de lo bueno y de lo malo, disfrutar y alegrarnos constantemente de lo que tenemos, y aceptar cuando nos viene una mala racha, porque ya vendrán tiempos mejores.

El Gordo de Navidad y la correlación ilusoria

Ya que estamos en la víspera de “El Día de la Salud”, he pensado que es el momento idóneo para introducir el concepto de correlación ilusoria, que explicaría ciertas actitudes de las personas a la hora de participar en juegos de azar.

La correlación ilusoria consiste en creer que existe una relación entre dos fenómenos que en realidad no están relacionados, o bien que una relación débil es mucho más fuerte de lo que en verdad es. En las notícias dedicadas a la lotería de Navidad podemos ver multitud de ejemplos: el que compra el número que se corresponde con el día del nacimiento de su hija, los que compran décimos de un pueblo donde ha habido un desastre natural, los que van a una administración que ya repartió un premio el año anterior, los que cada año juegan el mismo número pensando que cada vez están más cerca… Matemáticamente, todos los números tienen la misma (pequeñísima) probabilidad de ser agraciados con “el Gordo”, ya que cada año están todos en el bombo, pero muchas personas piensan que una combinación en particular o cualquier otra variable les da ventaja sobre el resto de compradores.

Estas falsas creencias no suponen ningún problema cuando somos conscientes de ello y simplemente nos predisponen a escoger décimos acabados en 8 o a comprar la lotería en una ciudad vecina. Pero a veces se corre el peligro de perder el control, empezar a gastar demasiado y acercarnos progresivamente a la ludopatía (donde la ilusión de poder manipular el azar a nuestro antojo es muy manifiesta).

De todas formas, lo que es indudable es que si no juegas la probabilidad de que te toque es cero, así que ¡buena suerte!