¿Qué es la psicoterapia?

Parece una pregunta con una respuesta bastante obvia: es el tratamiento que hacen los psicólogos para curar los trastornos mentales.

Esto es así hasta cierto punto, pero me gustaría ampliar un poco la información. Al fin y al cabo, en España sigue habiendo un cierto recelo hacia las personas que acuden al psicólogo (eso cuando no se les estigmatiza y se les tacha directamente de chalados).

A mí me gusta pensar en la psicoterapia como un proceso para orientar y ayudar a las personas que tienen algún problema y que no son capaces de resolver. No se trata de que el psicólogo resuelva el problema, sino de que proporcione las herramientas de las que el cliente carece, para que mejore su calidad de vida.

Es por eso por lo que siempre he pensado que todos necesitamos un psicólogo. No hace falta llegar al punto de no poderte levantar de la cama. Basta con que tengas dificultades para comunicarte con tu pareja, con que te cueste disciplinar a tus hijos o que tengas estrés en el trabajo.

Evidentemente, cuando aparece un trastorno mental de cierta envergadura, la psicoterapia (y probablemente el tratamiento farmacológico prescrito por un psiquiatra) se vuelven imprescindibles. Pero, en muchos casos, se llega al trastorno después de un tiempo teniendo un problema mucho más simple de resolver: poca asertividad, baja autoestima, algo de ansiedad, miedos, dificultad para tomar decisiones, timidez… Es una lástima tener que llegar a sentirse realmente mal en lugar de acudir al psicólogo para que nos ayude a mantener la salud mental.

Últimamente, ha aparecido la figura del coach precisamente para eso, para ayudar a las personas a extraer el máximo de su potencial. Poniendo de ejemplo a Pep Guardiola y hablando de retos, esfuerzo, comunicación… son capaces de conseguir que salgas dispuesto a comerte el mundo. Es una energía muy positiva que realmente te ayuda a emprender nuevos proyectos, a esforzarte al máximo para conseguir lo que quieres, y funciona.

Pero volviendo a la psicoterapia, básicamente consiste en marcar unos objetivos entre el terapeuta y el cliente bastante claros: que el cliente deje de padecer por la situación en la que se encuentra. A partir de estos objetivos, se marcará una línea de trabajo para conseguirlos en un tiempo aproximado, y el psicólogo dará al cliente una serie de tareas a realizar entre sesión y sesión, se hablará de las dificultades, de los mecanismos que producen malestar en el cliente, se pueden hacer diferentes actividades dirigidas durante la sesión… Todo esto depende del tipo de terapia que realice el terapeuta y también de las necesidades específicas del cliente.

Y es que no hay una fórmula mágica para cada necesidad, sino que cada terapia es específica para cada cliente, y se irá adaptando en la medida en que el cliente avance en su tratamiento. Es por eso que es difícil determinar la duración del mismo, si las sesiones se harán cada semana o se pueden ir espaciando más, o si una vez resuelto el objetivo principal se ha de dedicar algo más de tiempo a otras áreas que también resultan problemáticas.

Algo que solemos encontrarnos los psicólogos es que los clientes no realizan las tareas asignadas (diarios, registro de determinados datos, cartas, ejercicios ante el espejo…). Muchos piensan que la psicoterapia es sólo de tipo psicoanalista (te estiras en un diván y empiezas a hablar de lo que se te ocurre), cuando en realidad hay muchos tipos de terapia, y la mayoría requieren un papel activo del cliente. Es por ello que decimos “cliente” en lugar de “paciente”: el paciente sólo va a consulta y el terapeuta arregla el problema, mientras que un cliente tiene un rol con mayor implicación, tiene que participar en su tratamiento ya que el terapeuta le va a acompañar en su tratamiento, pero es él quien debe realizar los cambios en su vida (o la terapia no será efectiva). Puede que a veces las actividades que se propongan parezcan extrañas o absurdas, pero tienen un propósito, que es hacernos cuestionar la manera en que hacemos las cosas normalmente, y proponernos un punto de vista diferente. Hay que estar dispuesto a hacer lo que nos pida el terapeuta, ya que se trata de un entorno donde no se nos va a juzgar.

Una de las principales características que definen a un buen psicólogo es la capacidad de aceptar a sus clientes incondicionalmente. Esto quiere decir que entendemos que cada uno actúa de una manera determinada por unas circunstancias particulares, dado que todos somos diferentes. Así, no juzgamos, simplemente constatamos la necesidad de cambiar ciertos patrones para que no perpetuen el problema. Lo demás, siempre y cuando no sea un delito, no importa.

Como ya he dicho, existen diferentes líneas de terapia: conductual, cognitiva (a menudo van unidas y se le llama cognitivo-conductual), psicoanalítica, humanista-experiencial… A su vez, estas líneas incluyen diversos tipos, con lo cual el número de terapias existentes es muy amplio (en futuros posts explicaré las más utilizadas). Hay terapeutas más fieles a un tipo particular de terapia, y otros que prefieren utilizar técnicas extraídas de diferentes terapias. No hay una opción mejor que otra, lo importante es que se trate de un buen profesional que conozca bien las técnicas y las sepa aplicar en la situación indicada, ya que lo importante es que el cliente reciba el mejor tratamiento posible.

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