Citas: Buda

“Odiar a alguien es como beber veneno y esperar que la otra persona se muera”.

Siddhartha Gautamá (diferentes fuentes lo sitúan entre los siglos VI y IV a. C.) fue un maestro nepalí en cuyos escritos tiene su origen el budismo, y es considerado una figura sagrada tanto para el budismo como para el hinduismo (fuente: Wikipedia).

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Cómo mejorar nuestra productividad (y evitar la procrastinación)

Los expertos en time management (gestión del tiempo) explican siempre la regla del 80/20, que consiste en recordar que el 80% de las tareas importantes que tenemos que hacer cada día consiste sólo en el 20% del total de tareas pendientes. Así pues, dedicando un poco de tiempo a organizar las tareas por prioridades seremos más productivos, y evitaremos el estrés y la sensación de culpa por no aprovechar mejor nuestro tiempo.

Existen varios programas para planificar y organizar las tareas, pero básicamente consisten en algo que se puede hacer con lápiz y papel si eres de la vieja escuela o poco amigo de las nuevas tecnologías: hay que escribir una lista de todo lo que tenemos pendiente y organizarlo por orden de prioridad (alta-media-baja, A-B-C, rojo-naranja-verde…). Al principio de cada día, revisamos la lista y empezamos a resolver las tareas más importantes. A lo largo del día, vamos tachando las que hacemos y añadiendo las nuevas. Al final del día, revisamos la lista y reasignamos las prioridades, de forma que al día siguiente podamos empezar de nuevo con las tareas más importantes.

A veces es mejor parar unos minutos para pensar. La persona que más se mueve no es necesariamente la más productiva. Si nos tomamos un tiempo para revisar las nuevas tareas que nos han surgido, puede que estemos dedicando tiempo a tareas menos importantes, o que podamos agrupar varias tareas que pueden resolverse a la vez (p.e. ir a comprar y pasar por Correos, en lugar de hacer dos viajes por separado).

Una de las causas de no enfrentarnos a una tarea puede ser que la vemos como algo complicado o muy largo. En este caso, podemos intentar dividirla en tareas más simples o en diversos pasos, de forma que tengamos por donde empezar, cómo avanzar progresivamente y dónde dejarlo cada vez que necesitemos parar. El propio hecho de sacar por fin algo adelante nos animará a seguir con ello y poder terminarla.

Para evitar la frustración, es bueno saber de cuánto tiempo disponemos cada día. Si tenemos reuniones, visitas médicas o cualquier otra cita concertada ese día, el tiempo del que disponemos para resolver tareas es mucho menor. Es bueno ser consciente de ello para no querer abarcar más de lo humanamente posible.

Procrastinación

Esta palabreja es muy utilizada por los anglosajones, pero aquí su uso no está muy extendido. Si acudes a la RAE, encontrarás que “procrastinar” significa diferir o aplazar.

A primera vista, no parece un término muy relacionado con la psicología. Todos aplazamos temas pendientes porque nos surgen otras cuestiones más urgentes o porque algo no nos apetece en ese momento.

Como en muchas ocasiones, es una cuestión de cuánto nos afecta en nuestro funcionamiento diario. Si nos encontramos siendo incapaces de resolver temas pendientes en nuestro día a día o en el trabajo de forma constante, hasta el punto de no rendir y acarrearnos consecuencias personales o profesionales, tenemos un problema de procrastinación, y es posible que vaya ligado a un trastorno como depresión, ansiedad, fobia social…

Existen varias estrategias para organizarnos y evitar el bloqueo que a veces nos conduce a procrasticar y ser poco productivos, que explicaré con más profundidad en otro post.

La “zona de confort”

El concepto “zona de confort” es muy utilizado en coaching, e induce a error la primera vez que lo escuchas. Parece que sea el término que define una situación en la que nos encontramos bien, cuando no tiene porqué y, de hecho, muchas veces nos encontramos realmente mal y necesitamos salir de ella para encontrarnos mejor.

En realidad, la zona de confort es un estado al que nos hemos acostumbrado, donde nos hemos creado unos hábitos que marcan nuestro comportamiento y nos hemos autoimpuesto unos límites y unos pensamientos, sin plantearnos (o sin atrevernos) cambiar. En este estado podemos estar bien o ser infelices, pero en todo caso nos marca las decisiones que tomamos, ya que éstas se hallan dentro de los límites para que nuestro estado no cambie. Como consecuencia no arriesgamos, no hacemos nada diferente, y en caso de que seamos infelices, nos impide salir de la trayectoria que nos hace infelices.

Para que una terapia funcione (y en el coaching es vital) debemos estar dispuestos a hacer cambios, a arriesgar, y para eso necesariamente hay que salir de la zona de confort. Hay que trasladar lo que nos dice el terapeuta a nuestra vida cotidiana, y precisamente nos resulta difícil porque somos “animales de costumbres” y nos cuesta romper con los hábitos. Pero de nada sirve hacer terapia si luego nos aferramos a la situación que teníamos de inicio.

¿Qué es la psicoterapia?

Parece una pregunta con una respuesta bastante obvia: es el tratamiento que hacen los psicólogos para curar los trastornos mentales.

Esto es así hasta cierto punto, pero me gustaría ampliar un poco la información. Al fin y al cabo, en España sigue habiendo un cierto recelo hacia las personas que acuden al psicólogo (eso cuando no se les estigmatiza y se les tacha directamente de chalados).

A mí me gusta pensar en la psicoterapia como un proceso para orientar y ayudar a las personas que tienen algún problema y que no son capaces de resolver. No se trata de que el psicólogo resuelva el problema, sino de que proporcione las herramientas de las que el cliente carece, para que mejore su calidad de vida.

Es por eso por lo que siempre he pensado que todos necesitamos un psicólogo. No hace falta llegar al punto de no poderte levantar de la cama. Basta con que tengas dificultades para comunicarte con tu pareja, con que te cueste disciplinar a tus hijos o que tengas estrés en el trabajo.

Evidentemente, cuando aparece un trastorno mental de cierta envergadura, la psicoterapia (y probablemente el tratamiento farmacológico prescrito por un psiquiatra) se vuelven imprescindibles. Pero, en muchos casos, se llega al trastorno después de un tiempo teniendo un problema mucho más simple de resolver: poca asertividad, baja autoestima, algo de ansiedad, miedos, dificultad para tomar decisiones, timidez… Es una lástima tener que llegar a sentirse realmente mal en lugar de acudir al psicólogo para que nos ayude a mantener la salud mental.

Últimamente, ha aparecido la figura del coach precisamente para eso, para ayudar a las personas a extraer el máximo de su potencial. Poniendo de ejemplo a Pep Guardiola y hablando de retos, esfuerzo, comunicación… son capaces de conseguir que salgas dispuesto a comerte el mundo. Es una energía muy positiva que realmente te ayuda a emprender nuevos proyectos, a esforzarte al máximo para conseguir lo que quieres, y funciona.

Pero volviendo a la psicoterapia, básicamente consiste en marcar unos objetivos entre el terapeuta y el cliente bastante claros: que el cliente deje de padecer por la situación en la que se encuentra. A partir de estos objetivos, se marcará una línea de trabajo para conseguirlos en un tiempo aproximado, y el psicólogo dará al cliente una serie de tareas a realizar entre sesión y sesión, se hablará de las dificultades, de los mecanismos que producen malestar en el cliente, se pueden hacer diferentes actividades dirigidas durante la sesión… Todo esto depende del tipo de terapia que realice el terapeuta y también de las necesidades específicas del cliente.

Y es que no hay una fórmula mágica para cada necesidad, sino que cada terapia es específica para cada cliente, y se irá adaptando en la medida en que el cliente avance en su tratamiento. Es por eso que es difícil determinar la duración del mismo, si las sesiones se harán cada semana o se pueden ir espaciando más, o si una vez resuelto el objetivo principal se ha de dedicar algo más de tiempo a otras áreas que también resultan problemáticas.

Algo que solemos encontrarnos los psicólogos es que los clientes no realizan las tareas asignadas (diarios, registro de determinados datos, cartas, ejercicios ante el espejo…). Muchos piensan que la psicoterapia es sólo de tipo psicoanalista (te estiras en un diván y empiezas a hablar de lo que se te ocurre), cuando en realidad hay muchos tipos de terapia, y la mayoría requieren un papel activo del cliente. Es por ello que decimos “cliente” en lugar de “paciente”: el paciente sólo va a consulta y el terapeuta arregla el problema, mientras que un cliente tiene un rol con mayor implicación, tiene que participar en su tratamiento ya que el terapeuta le va a acompañar en su tratamiento, pero es él quien debe realizar los cambios en su vida (o la terapia no será efectiva). Puede que a veces las actividades que se propongan parezcan extrañas o absurdas, pero tienen un propósito, que es hacernos cuestionar la manera en que hacemos las cosas normalmente, y proponernos un punto de vista diferente. Hay que estar dispuesto a hacer lo que nos pida el terapeuta, ya que se trata de un entorno donde no se nos va a juzgar.

Una de las principales características que definen a un buen psicólogo es la capacidad de aceptar a sus clientes incondicionalmente. Esto quiere decir que entendemos que cada uno actúa de una manera determinada por unas circunstancias particulares, dado que todos somos diferentes. Así, no juzgamos, simplemente constatamos la necesidad de cambiar ciertos patrones para que no perpetuen el problema. Lo demás, siempre y cuando no sea un delito, no importa.

Como ya he dicho, existen diferentes líneas de terapia: conductual, cognitiva (a menudo van unidas y se le llama cognitivo-conductual), psicoanalítica, humanista-experiencial… A su vez, estas líneas incluyen diversos tipos, con lo cual el número de terapias existentes es muy amplio (en futuros posts explicaré las más utilizadas). Hay terapeutas más fieles a un tipo particular de terapia, y otros que prefieren utilizar técnicas extraídas de diferentes terapias. No hay una opción mejor que otra, lo importante es que se trate de un buen profesional que conozca bien las técnicas y las sepa aplicar en la situación indicada, ya que lo importante es que el cliente reciba el mejor tratamiento posible.

Citas: William James

“Actúa como si lo que hicieras marcara la diferencia. Así es”.

William James (1842-1910) fue un filósofo estadounidense y una de las figuras destacadas en el nacimiento de la psicología, ejerciendo como profesor en la Universidad de Harvard (fuente: Wikipedia).

Resiliencia

La RAE define la resiliencia como la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. Tan simple como eso, y tan difícil de conseguir en la realidad.

La resiliencia es uno de los pilares de la psicología positiva. Situaciones difíciles y/o estresantes se nos presentan a todos, pero la diferencia entre los que salen airosos y los que acaban teniendo algún tipo de trastorno se explica básicamente por la resiliencia de cada uno. No sólo eso, sino que a veces las personas que reciben más palos de la vida son mucho más fuertes e incluso optimistas que las que han tenido vidas más sencillas. Muchas veces podemos oír a nuestros mayores (que han pasado por guerras, épocas de hambre, pérdidas de hijos y otros familiares por enfermedades que ahora están casi erradicadas…) criticar a las generaciones siguientes con los típicos “en mis tiempos nadie estaba estresado” o “nosotros no teníamos que ir al psicólogo”. ¿Es eso cierto?

En parte, sí. La capacidad de resiliencia está relacionada con diferentes factores, como pueden ser aceptar con más facilidad los cambios, la sensación de control ante las situaciones, aceptar las situaciones negativas o estresantes como una parte más de la vida, tener mayor capacidad de compromiso, hablar con los demás sobre la situación, ser capaces de perdonar a los demás y a uno mismo… La religión o el estilo de vida de hace unas décadas parecen contribuir a reforzar algunos de estos factores.

Ahora nos encontramos con una sociedad más laica, más individualista y más “sobreprotegida” (en el sentido de que tenemos unos avances médicos enormes o unos derechos garantizados por ley). Así que, cuando las cosas se tuercen, nos cuesta mucho más aceptar que eso que pasa nos esté pasando a nosotros. En definitiva, si queremos aumentar nuestra capacidad de resiliencia, tenemos que tomar la actitud de enfrentar las cosas como una oportunidad para aprender y para crecer.

Hay que perder el miedo a actuar, y aceptar nuestros errores como lo que son, una oportunidad de corregir y mejorar. Y ante las adversidades, tener presente que la vida está hecha de lo bueno y de lo malo, disfrutar y alegrarnos constantemente de lo que tenemos, y aceptar cuando nos viene una mala racha, porque ya vendrán tiempos mejores.