La “zona de confort”

El concepto “zona de confort” es muy utilizado en coaching, e induce a error la primera vez que lo escuchas. Parece que sea el término que define una situación en la que nos encontramos bien, cuando no tiene porqué y, de hecho, muchas veces nos encontramos realmente mal y necesitamos salir de ella para encontrarnos mejor.

En realidad, la zona de confort es un estado al que nos hemos acostumbrado, donde nos hemos creado unos hábitos que marcan nuestro comportamiento y nos hemos autoimpuesto unos límites y unos pensamientos, sin plantearnos (o sin atrevernos) cambiar. En este estado podemos estar bien o ser infelices, pero en todo caso nos marca las decisiones que tomamos, ya que éstas se hallan dentro de los límites para que nuestro estado no cambie. Como consecuencia no arriesgamos, no hacemos nada diferente, y en caso de que seamos infelices, nos impide salir de la trayectoria que nos hace infelices.

Para que una terapia funcione (y en el coaching es vital) debemos estar dispuestos a hacer cambios, a arriesgar, y para eso necesariamente hay que salir de la zona de confort. Hay que trasladar lo que nos dice el terapeuta a nuestra vida cotidiana, y precisamente nos resulta difícil porque somos “animales de costumbres” y nos cuesta romper con los hábitos. Pero de nada sirve hacer terapia si luego nos aferramos a la situación que teníamos de inicio.

¿Qué es la psicoterapia?

Parece una pregunta con una respuesta bastante obvia: es el tratamiento que hacen los psicólogos para curar los trastornos mentales.

Esto es así hasta cierto punto, pero me gustaría ampliar un poco la información. Al fin y al cabo, en España sigue habiendo un cierto recelo hacia las personas que acuden al psicólogo (eso cuando no se les estigmatiza y se les tacha directamente de chalados).

A mí me gusta pensar en la psicoterapia como un proceso para orientar y ayudar a las personas que tienen algún problema y que no son capaces de resolver. No se trata de que el psicólogo resuelva el problema, sino de que proporcione las herramientas de las que el cliente carece, para que mejore su calidad de vida.

Es por eso por lo que siempre he pensado que todos necesitamos un psicólogo. No hace falta llegar al punto de no poderte levantar de la cama. Basta con que tengas dificultades para comunicarte con tu pareja, con que te cueste disciplinar a tus hijos o que tengas estrés en el trabajo.

Evidentemente, cuando aparece un trastorno mental de cierta envergadura, la psicoterapia (y probablemente el tratamiento farmacológico prescrito por un psiquiatra) se vuelven imprescindibles. Pero, en muchos casos, se llega al trastorno después de un tiempo teniendo un problema mucho más simple de resolver: poca asertividad, baja autoestima, algo de ansiedad, miedos, dificultad para tomar decisiones, timidez… Es una lástima tener que llegar a sentirse realmente mal en lugar de acudir al psicólogo para que nos ayude a mantener la salud mental.

Últimamente, ha aparecido la figura del coach precisamente para eso, para ayudar a las personas a extraer el máximo de su potencial. Poniendo de ejemplo a Pep Guardiola y hablando de retos, esfuerzo, comunicación… son capaces de conseguir que salgas dispuesto a comerte el mundo. Es una energía muy positiva que realmente te ayuda a emprender nuevos proyectos, a esforzarte al máximo para conseguir lo que quieres, y funciona.

Pero volviendo a la psicoterapia, básicamente consiste en marcar unos objetivos entre el terapeuta y el cliente bastante claros: que el cliente deje de padecer por la situación en la que se encuentra. A partir de estos objetivos, se marcará una línea de trabajo para conseguirlos en un tiempo aproximado, y el psicólogo dará al cliente una serie de tareas a realizar entre sesión y sesión, se hablará de las dificultades, de los mecanismos que producen malestar en el cliente, se pueden hacer diferentes actividades dirigidas durante la sesión… Todo esto depende del tipo de terapia que realice el terapeuta y también de las necesidades específicas del cliente.

Y es que no hay una fórmula mágica para cada necesidad, sino que cada terapia es específica para cada cliente, y se irá adaptando en la medida en que el cliente avance en su tratamiento. Es por eso que es difícil determinar la duración del mismo, si las sesiones se harán cada semana o se pueden ir espaciando más, o si una vez resuelto el objetivo principal se ha de dedicar algo más de tiempo a otras áreas que también resultan problemáticas.

Algo que solemos encontrarnos los psicólogos es que los clientes no realizan las tareas asignadas (diarios, registro de determinados datos, cartas, ejercicios ante el espejo…). Muchos piensan que la psicoterapia es sólo de tipo psicoanalista (te estiras en un diván y empiezas a hablar de lo que se te ocurre), cuando en realidad hay muchos tipos de terapia, y la mayoría requieren un papel activo del cliente. Es por ello que decimos “cliente” en lugar de “paciente”: el paciente sólo va a consulta y el terapeuta arregla el problema, mientras que un cliente tiene un rol con mayor implicación, tiene que participar en su tratamiento ya que el terapeuta le va a acompañar en su tratamiento, pero es él quien debe realizar los cambios en su vida (o la terapia no será efectiva). Puede que a veces las actividades que se propongan parezcan extrañas o absurdas, pero tienen un propósito, que es hacernos cuestionar la manera en que hacemos las cosas normalmente, y proponernos un punto de vista diferente. Hay que estar dispuesto a hacer lo que nos pida el terapeuta, ya que se trata de un entorno donde no se nos va a juzgar.

Una de las principales características que definen a un buen psicólogo es la capacidad de aceptar a sus clientes incondicionalmente. Esto quiere decir que entendemos que cada uno actúa de una manera determinada por unas circunstancias particulares, dado que todos somos diferentes. Así, no juzgamos, simplemente constatamos la necesidad de cambiar ciertos patrones para que no perpetuen el problema. Lo demás, siempre y cuando no sea un delito, no importa.

Como ya he dicho, existen diferentes líneas de terapia: conductual, cognitiva (a menudo van unidas y se le llama cognitivo-conductual), psicoanalítica, humanista-experiencial… A su vez, estas líneas incluyen diversos tipos, con lo cual el número de terapias existentes es muy amplio (en futuros posts explicaré las más utilizadas). Hay terapeutas más fieles a un tipo particular de terapia, y otros que prefieren utilizar técnicas extraídas de diferentes terapias. No hay una opción mejor que otra, lo importante es que se trate de un buen profesional que conozca bien las técnicas y las sepa aplicar en la situación indicada, ya que lo importante es que el cliente reciba el mejor tratamiento posible.

Citas: William James

“Actúa como si lo que hicieras marcara la diferencia. Así es”.

William James (1842-1910) fue un filósofo estadounidense y una de las figuras destacadas en el nacimiento de la psicología, ejerciendo como profesor en la Universidad de Harvard (fuente: Wikipedia).

Resiliencia

La RAE define la resiliencia como la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. Tan simple como eso, y tan difícil de conseguir en la realidad.

La resiliencia es uno de los pilares de la psicología positiva. Situaciones difíciles y/o estresantes se nos presentan a todos, pero la diferencia entre los que salen airosos y los que acaban teniendo algún tipo de trastorno se explica básicamente por la resiliencia de cada uno. No sólo eso, sino que a veces las personas que reciben más palos de la vida son mucho más fuertes e incluso optimistas que las que han tenido vidas más sencillas. Muchas veces podemos oír a nuestros mayores (que han pasado por guerras, épocas de hambre, pérdidas de hijos y otros familiares por enfermedades que ahora están casi erradicadas…) criticar a las generaciones siguientes con los típicos “en mis tiempos nadie estaba estresado” o “nosotros no teníamos que ir al psicólogo”. ¿Es eso cierto?

En parte, sí. La capacidad de resiliencia está relacionada con diferentes factores, como pueden ser aceptar con más facilidad los cambios, la sensación de control ante las situaciones, aceptar las situaciones negativas o estresantes como una parte más de la vida, tener mayor capacidad de compromiso, hablar con los demás sobre la situación, ser capaces de perdonar a los demás y a uno mismo… La religión o el estilo de vida de hace unas décadas parecen contribuir a reforzar algunos de estos factores.

Ahora nos encontramos con una sociedad más laica, más individualista y más “sobreprotegida” (en el sentido de que tenemos unos avances médicos enormes o unos derechos garantizados por ley). Así que, cuando las cosas se tuercen, nos cuesta mucho más aceptar que eso que pasa nos esté pasando a nosotros. En definitiva, si queremos aumentar nuestra capacidad de resiliencia, tenemos que tomar la actitud de enfrentar las cosas como una oportunidad para aprender y para crecer.

Hay que perder el miedo a actuar, y aceptar nuestros errores como lo que son, una oportunidad de corregir y mejorar. Y ante las adversidades, tener presente que la vida está hecha de lo bueno y de lo malo, disfrutar y alegrarnos constantemente de lo que tenemos, y aceptar cuando nos viene una mala racha, porque ya vendrán tiempos mejores.

Y también colegiada

Ahora sí, lo tengo todo en regla para ejercer como psicóloga. He ido al Colegio Oficial de Psicólogos, he hecho los trámites correspondientes, y he salido de allí con una carpeta enorme llena de información que ahora tocará leer y valorar, ya que incluye creación de páginas web, inclusión en grupos de trabajo, seguros de todo tipo…

Y, sobretodo, he salido con mi carnet y mi número de colegiada (precioso, por cierto, da muy buenas vibraciones), y por fin una prueba palpable del objetivo cumplido. ¡Qué bien sienta conseguir algo que deseas desde hace 20 años!

¿Y ahora qué? Pues a seguir aprendiendo y estudiando, y a por nuevos objetivos.

¡Licenciada!

Hoy han salido las notas. No me ha supuesto una gran sorpresa ya que sabía desde hacía ya unos días que lo había aprobado todo, pero ahora ya es oficial: soy licenciada en Psicología.

Es algo extraño, porque tramitas el título y hasta dentro de entre 3 y 5 años no lo recibes (me pregunto qué tiene ese papel para que se tarde más en gestionarlo que yo en cursar toda la carrera…), el acto de graduación no se hace hasta dentro de casi medio año… En definitiva, que estás igual que antes, sólo que sabes que eres psicóloga oficialmente.

Eso, y que ya me puedo colegiar. Igual cuando tenga en mis manos el carnet de colegiada me lo creo más…

Decálogo para ser más felices

Hay muchas cosas que cuestan muy poco pero pueden ayudarnos a tener una vida más satisfactoria. También es fundamental nuestra actitud a la hora de aceptar lo malo y disfrutar de lo bueno.

Aquí va una pequeña lista de cosas muy simples que nos pueden ayudar a que el balance final del día sea positivo:

  1. Sonreír más: Cambiará nuestra actitud hacia la vida, y también la actitud de los demás hacia nosotros.
  2. Movernos: No se trata de hacer horas y horas de bicicleta estática, sólo de buscar las oportunidades que nos ofrece el día a día (subir las escaleras a pie o ir paseando a casa de un amigo).
  3. Pasar más tiempo al aire libre: Ir de excursión, pasear junto al mar o leer el periódico en el balcón.
  4. Beber más agua: Estaremos bien hidratados y sustituiremos el consumo de refrescos, café o alcohol.
  5. Tomar el sol: No como las lagartijas en pleno mes de julio, y con todas las precauciones, pero sobretodo en invierno es muy beneficioso exponerse unos minutos a la luz solar.
  6. Dormir lo suficiente: Y con un horario regular. Cada uno de nosotros tiene un número de horas de sueño ideales que debemos tratar de conseguir cada día.
  7. Aceptar lo inevitable: Hay cosas que tienen remedio, y hay otras que no. Es inútil gastar energías en lo que no podemos solucionar.
  8. Apreciar lo que tenemos: Pasamos tanto tiempo pensando en lo que nos falta que muchas veces dejamos de apreciar lo que tenemos. Dedicar un rato a pensar en lo que hemos conseguido y en lo que tenemos, y lo bueno que eso es, nos permite disfrutar sin frustraciones.
  9. Pensar que somos humanos: Y por tanto todos cometemos errores. Machacarnos por algo que hemos hecho mal nos baja la autoestima y nos roba la energía. Es mucho mejor emplearla en intentar arreglar lo que podamos, e intentar aprender lo necesario para no repetir el error.
  10. Cultivar una actitud optimista: Debemos intentar ver siempre el lado positivo de las cosas, el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. Si te dan un golpe con el coche, piensa más en la suerte de que sólo ha sido chapa que en las dos semanas que vas a tener que dejar el coche en el taller.